jueves, 16 de abril de 2009

Hakani, la niña que nació de la tierra.

Aún, en pleno siglo XXI, en la ribera del Amazonas, decenas de niños y bebés son enterrados vivos por varias tribus indígenas. Hasta 200 clanes practican el infanticidio vendido como sacrificio en pos de la supervivencia del grupo étnico, ya que, dejar vivir a estas criaturas enfermas, sería como mantener viva una posesión enviada por el diablo.
Hakani significa sonrisa. Su nombre hace justicia a una niña marcada desde su nacimiento por la desgracia y que siempre ha respondido a ella con alegría.

Pertenecía a la tribu de los Suruwaha, una etnia en peligro de extinción de la Amazonia occidental compuesta por unas 120 personas y cuyos contactos con el mundo exterior han sido tan escasos como devastadores.

La alegría de la niña sobresalía por encima de sus carencias hasta que, con unos 24 meses, sus padres detectaron la imposibilidad de Hakani para andar y articular palabra. Inmediatamente la presión obligaba a sus padres a ejecutar a ella y a su hermano, el que también padecía de esta enfermedad,para preservar la supervivencia de un grupo incapaz de resistir, lastrado por la enfermedad de la niña.

Los padres de Hakani, aterrados,se suicidaron mordiendo unas raíces envenenadas y se lanzaron al río, dejando a Hakani sola con sus cuatro hermanos. Fue entonces cuando la presión del infanticidio recayó en el hermano mayor de Hakani.



El hermano mayor, golpeó fuertemente al otro dejándolo aturdido y lo enterró vivo, y prosiguió con Hakani, la condujo al exterior de su choza y la enterró viva bajo la atenta mirada de los más ancianos. Normalmente los gritos tamizados por la capa de arena duraban un par de horas pero los de Hakani llegaron hasta el anochecer cuando su abuelo, torturado por su llanto, acudió a desenterrarla. Sus intenciones estaban alejadas de la piedad ya que se presentó con su arco y flechas dispuesto a terminar con la vitalidad de su nieta. El abuelo disparó hiriendo a la niña en el hombro. Invadido por la culpabilidad, el abuelo tomó, de nuevo, el camino del suicidio mediante el veneno que usaba para sus flechas y así liberar con ello su atormentada conciencia.

A partir de ese momento la vida de Hakini se tornó en pesadilla. Deambulando, alejada de la tribu como una apestada, por el infierno verde del Amazonas. Comiendo hojas, bayas e insectos, saciando su sed con agua de lluvia cubierta de barro y sufriendo el acoso físico y sexual de sus propios hermanos, la gente le quemaba las piernas, se metían con ella y le pegaban, su hermano menor fue el único que la defendía, le daba de comer como podía a escondidas de la tribu.

Su hermano menor, desesperado, con su Hakani casi al borde de la muerte, caminó durante un día entero con ella a cuestas buscando el grupo de cooperantes de ONG que pudieran salvarla, y así fue.Los misioneros se hicieron cargo de la niña hasta que pudieron trasladarla a un hospital. A los 6 meses había doblado su peso y recuperado la eterna sonrisa que ya nunca abandonaría. Hoy, ya con 12 años y recuperada, vive plácidamente con el matrimonio Suzuki. La pesadilla ha terminado.

3 comentarios:

Stanley Kowalski dijo...

Con razón buscabas una historia cálida, después de la que vos posteaste. Es terrible, me dejaste conmocionado, pobre criatura!
Por suerte, ahora está bien.


Gracias por el comentario, guapa.

BESOTES

mon dijo...

Que historia más fuerte. Había oido algo pero no tan detalladamente. Está claro que es una cultura muy diferente a la nuestra con otras circunstancias y con siglos de evolución de diferencia...Pero extremece que se mate a alguien así! Extremece! Y más a tu propia familia. Que fuerza tiene esa niña, impresionante!

Naufrago Existencial dijo...

Realmente fuerte lo que posteaste. Me dejaste en estado de shock, en un determinado momento pense decir que estos son unos criminales, pero no se debe juzgar la cultura y las creencias desde el punto de vista de alguien que tiene muchos siglos de evolucion.
De cualquier forma es brutal, gracias a Dios la niña ya esta bien.